La novela legionaria de Fermín Galán, el héroe de la II República

Agosto 17th, 2026

Encuentro por casualidad, a veces la casualidad se convierten en fortuna, La barbarie organizada, novela del Tercio, escrita por Fermín Galán. La edición es de 1931, edita Publicaciones Editorial Castro, Madrid, y está en muy buen estado.

Los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández encabezaron la sublevación de Jaca, pronunciamiento que se produjo el 12 de diciembre de 1930 contra el régimen de Alfonso XIII pero resultó un estrepitoso fracaso, lo que significó la condena a muerte de sus dos cabecillas. Un año más tarde y tras la proclamación de la II República, Galán y Hernández fueron rehabilitados, y los primeros héroes republicanos de un sistema que funcionó más con el corazón que con la cabeza.

La barbarie organizada es, como avisa su título, una novela del Tercio, de la Legión Española, y resume los recuerdos de su autor, Fermín Galán, cuando sirvió bajo su mando en la guerra de África.

Antes de los fregados en los que su protagonista se verá envuelto en aquellas áridas tierras, Galán, que llegó al grado de teniente legionario, hace una descripción recia pero muy orgullosa de la disciplina y el deber a su patria al que todo caballero legionario ha consagrado su vida. También hace un retrato de las personas que conoce compartiendo cuarto o trinchera. Más que amigos, escribe Fermín Galán, son hermanos, camaradas.

Son recuerdos los que dispersa el escritor y militar. Memorias en las que critica la organización de la guerra, una barbarie organizada de demolición y muerte.

A lo largo de la novela se hace un retrato de sus compañeros de armas. De las escaramuzas y batallas en las que se meten y de los destrozos y muertos que van dejando a sus espaldas a medida que avanzan o retroceden.

“Todo es tierra. Todo es humo. La nube nos envuelve. Nos ciega. Se oye otra explosión y luego otra. La nube pasa”.

Novela escrita durante su convalecencia en un hospital cuando resultó herido en combate tras una actuación que mereció un comentario muy favorable firmado por Francisco Franco, La barbarie organizada es un libro que no ha perdido nada de interés desde su publicación no solo por quien firma el texto sino por su excelente descripción de ambientes y personajes . Todos ellos a brochazos casi expresionistas, pero demoledores para hacerse una idea de lo que era ser legionario en aquella guerra de África que dio, por otro lado, tan sobresaliente literatura íntima y testimonial de aquellos hechos. Ahí está Imán, La forja de un rebelde, El blocao, Notas marruecas de un soldado y ahora que la descubro La barbarie organizada pese a que sea consciente que Fermín Galán no pasará a la historia de la literatura pero sí que tendrá su espacio en esa categoría donde están los que vivieron como militares experiencias extremas en clave de conquista o defender lo que se consideraba que era suyo.

Contamos con extraordinarios narradores que dieron fe de aquellos tiempos en libros que están escritos más con el corazón que con la cabeza. Y en los que la patria sí que existe en el fragor del combate, en la lucha desesperada por sobrevivir al enemigo porque quien pelea a tu lado es tu hermano. Ese camarada que hoy está aquí pero mañana estará muerto. El protagonista de la novela es retirado mal herido del frente. Lo mismo que le pasó a Fermín Galán cuando se alistó como novio de la muerte y lo contó en un libro.

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Cabo Verde presenta en DOCanarias las películas Amílcar y Nós, povo das ilhas

Agosto 14th, 2026

El Festival Internacional de Cine de Realidad de Canarias acerca a su público a la realidad de Cabo Verde, país invitado que protagoniza una de las muestras informativas del festival, que se desarrolla del 8 al 12 de septiembre en Puerto de la Cruz. DOCanarias exhibe así las películas Amílcar (87′/2025/España, Portugal, Francia, Suecia, Cabo Verde), de Miguel Eek, y Nós, povo das ilhas (80′/2025/Portugal, Cabo Verde, Mozambique), de Elson Santos y Lara Sousa.

Las presentaciones, que cuentan con la participación de los creadores de las películas, significan en estreno de ambas cintas en Canarias, mientras que la segunda también constituye su estreno en España. Ambas cintas se proyectan el miércoles 9 de septiembre, en la Sala Timanfaya, respectivamente, a las 18.00 y las 20.30 horas.

“El cine no es solo industria y oficio, también es conocimiento, patrimonio, identidad y una forma de comunicación con el mundo que nos sirve para derrumbar prejuicios y barreras y construir puentes y comunidad. La presencia de África en DOCanarias no es solo relevante: es esencial”, asegura Ángeles Jurado, jefa del Área de Cultura y Educación de Casa África, el consorcio público diplomático español con sede en Las Palmas de Gran Canaria.

En este sentido, la muestra especial dedicada a Cabo Verde es una ocasión única para conocer la historia de la constitución como nación de la única república de los cinco archipiélagos de la Macaronesia. La película de Miguel Eek presenta a Amílcar Cabral, líder del movimiento anticolonial de Guinea-Bissau y Cabo Verde frente a Portugal, hasta su asesinato en 1973. Por su parte, Elson Santos y Lara Sousa parten de una fotografía olvidada de guerrilleros caboverdianos entrenados en Cuba para reconstruir la historia silenciada de la lucha anticolonial impulsada por Cabral.

Con la prevención que plantea sobre que “hablar del cine africano en su conjunto sería ambiguo”, el cineasta caboverdiano Elson Santos, sin embargo, cree “firmemente en el papel transformador del cine africano; es decir, un cine que proyecte la identidad y la cultura del continente africano, pero que también invite a reflexionar sobre su realidad, capaz de proyectar una mirada desde dentro que rompa con las narrativas históricas estigmatizadas, especialmente con la mirada colonial exotizante, alejada del sensacionalismo que proyecta una imagen única de África vista únicamente a través de la miseria, la guerra y los animales salvajes; un cine que aborde los problemas del colonialismo y del racismo, así como la corrupción y el autoritarismo instaurados tras las independencias. En definitiva, no solo se trata de crear nuevas narrativas, sino también de ofrecer una perspectiva crítica y reflexiva sobre las narrativas ya existentes y dominantes”.

Con esta visión, y con el fin de usar el cine como herramienta pedagógica, “con un lenguaje cinematográfico propio, una manera de mirar y de hacer mirar que inspire y trascienda nuestras fronteras”, Santos propone un cine “creador de huellas que revela y expone los archivos coloniales” y que “funciona como un archivo vivo para recuperar y preservar memorias con frecuencia borradas o marginadas, ocultas”. Su primer largometraje documental se mueve entre pasado y presente, dialoga con los protagonistas de la independencia y reflexiona sobre los sueños, las contradicciones y los desafíos de Cabo Verde, en un viaje entre la memoria, la utopía y el olvido.

“El cine ofrece una oportunidad extraordinaria para abrirnos a otras maneras de mirar el mundo y cuestionar las creencias y los prejuicios que todos arrastramos”, dice el cineasta Miguel Eek, nacido en Madrid, criado entre Mallorca, Estocolmo y Barcelona y director de la biografía del líder independentista caboverdiano, filmada en 16mm y construida con archivos inéditos y un diario imaginario a partir de los escritos íntimos de Cabral, una película atravesada por los derechos humanos, utopías, amor interracial, ambición, guerra y traición.

Ambas películas abordan su temática mediante el empleo de archivos históricos, lo que les plantea dificultades, retos y contradicciones. Santos apunta que “la mayoría de los archivos sobre las luchas de liberación permanecen guardados en los antiguos países colonizadores y, muchas veces, el acceso a ellos es difícil y costoso. Al utilizarlos, el cine permite ampliarlos y extenderlos más allá de los espacios donde permanecen confinados”. Por su parte, Eek subraya “el coste extraordinariamente elevado de los archivos fílmicos” y enfatiza que su película conlleva “una paradoja”, por ser un proyecto cinematográfico “con financiación procedente de países que fueron potencias coloniales”, a lo que se suma el que se hace “desde Europa, con un equipo mayoritariamente blanco”; así, “aunque Amílcar es una película claramente anticolonial, también es, en cierto modo, una película neocolonial; este es un tema para mí esencial a discutir. Desde el principio intentamos asumir esa contradicción en lugar de ocultarla”.

Por este motivo, el proceso de la filmación “ha sido también de enorme aprendizaje y de toma de conciencia sobre los privilegios y los sesgos”, algo que se abordó “en diálogo constante con el equipo”, que aportó “perspectivas muy diferentes, fundamentales para cuestionar continuamente nuestra mirada y discutir cómo construir la película de la manera más honesta posible. Creo que esa conversación permanente sobre quién mira, desde dónde mira y cómo mira es tan importante como la propia película”, destaca el director madrileño.

La construcción de visiones genuinas y alternativas a los discursos hegemónicos significa “descolonizar la mirada e implica, por tanto, descolonizar las estructuras”, apunta Santos. “Entender el colonialismo y la mirada colonial constituye una de las funciones esenciales del cine. Es un papel transversal, del mismo modo que el colonialismo atraviesa toda la historia global. Comprender esta realidad, en cualquier parte del mundo es fundamental para reflexionar críticamente sobre las narrativas dominantes y hegemónicas; un cine que las cuestiona es un cine que aborda la condición del subalterno, que es todo aquel que no posee su propia narrativa ni un lugar desde el cual narrarse”, por estar subordinado a una estructura de poder. Por tanto, “el cine no solo cuestiona aquello que es hegemónico, sino que también examina los fundamentos de esa hegemonía: ¿de dónde proviene?, ¿cómo fue impuesta? Es desde esta perspectiva que el cine puede actuar de manera transversal, no solo a nivel local o internacional, sino en todos los espacios donde esas relaciones de poder siguen configurando la realidad”, concluye el director caboverdiano.

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Habanera, una novela de Emilio González Déniz

Agosto 12th, 2026

Habanera fue una novela que el escritor grancanario Emilio González Déniz fue publicando por entregas en el periódico Canarias 7 entre diciembre de 1990 y junio de 1991. Se trata de una novela escrita por encargo por el mismo periódico, lo que acentúa el interés de una obra que sin aparentes pretensiones siguieron los lectores de este diario. Esta novela se publica por fin en libro a través de la editorial Mercurio y fue una apuesta literaria que ahora se puede leer de una tacada sin esperar al próximo capítulo.

Encuentro en Habanera algunas de las fórmulas narrativas a las que González Déniz recurrió para escribir Hotel Madrid: narrar la historia a través de sus protagonistas, lo que permite al lector ponerse en la cabeza de todos ellos. Al mismo tiempo, el escritor permite que sea el mismo lector quién decida qué personaje le cae mejor que otro a medida que se avanza en este relato de amor, lo que me hace redescubir a un narrador que vuelca en esta propuesta literaria de publicar por entregas como en Hotel Madrid, que Emilio González Déniz es un escritor que mueve sus historias por latidos emocionales, y qué mejor latido emocional es el amor. Amor a tres bandas en este relato de encuentros y desencuentros entre unos personajes que no terminan de digerir demasiado bien el tránsito a la madurez, en concreto su personaje protagonista, Charly, Carlos, un don Juan de provincias, un Casanova de cuidado en una capital grancanaria que permanece al fondo pero que se encuentra muy presente en este relato de fidelidades e infidelidades, de manipulaciones y chantajes emocionales, de solitarios que no quieren serlo y de otros que sí quieren. Una historia de amor a tres bandas que se va metiendo en las tripas y en el corazón a medida que se leen sus páginas y que consagra al escritor como uno de los más interesantes y originales de su generación, lo que explica que su influencia haya marcado a unos cuantos escritores que vinieron después y que de alguna manera acabó por influenciarles con una literatura en la que se combina muy bien las voces narrativas con lo que se cuenta. Que da prioridad a los personajes como al sentido del relato.

No hay nada o muy poco baladí en Habanera, y eso que pese a sus irregularidades, que las tiene al tratarse sobre todo de una novela por encargo, termina por enganchar y que uno (este al menos fue mi caso) le pusiera su particular banda sonora. Banda sonora que como anuncia el título de la obra, es una habanera de creación propia. La música juega así un importantísimo papel en esta historia. Y no solo porque Charly y Gertrudis (perdón, Greta) vivan de la música, el primero como un reconocido pianista local y la segunda por llevar una tienda de instrumentos musicales, sino porque las casualidades en este libro suenan también como si se trataran de solos que improvisan melodías. Los capítulos de la novela se subtitulan con vocabulario musical y hacen a veces de espejo de lo que vamos a leer a continuación.

Es como si el fin del autor fuera la de sugerir las emociones que se van a desarrollar en los distintos cuadros según el subtítulo que los represente. Y a veces cuadra este juego aunque en otras las expectativas quedan algo frustradas lo que me hace pensar si esa era la intención verdadera de Emilio González Déniz. Lo fuera o no, da igual. El caso es que Habanera se lee como lo que es, una habanera con sentido de la percusión que habla de amor. Y el amor es uno de los mayores regalos envenenados de la vida. En este caso, las relaciones que unen a unos y a otros, todas ellas heridas por recelos y sospechas. Greta (Gertrudis) no se fía de Charly (Carlos), su fama de seductor hace que cualquier aproximación romántica se pulverice por el miedo al engaño y la traición, a que ella sea una más de su ya larga lista de amantes. Es lo que tiene caer rendido entre sus brazos.

No es cuestión de desvelar lo que sucederá, ni cómo actúan otros personajes que orbitan en torno a la pareja protagonista, pero sí que parece necesario señalar que como aprecié en Hotel Madrid, el otro gran tema que el escritor abordaba en esta novela regresa a esta historia por entregas: la amistad. Aunque en este caso la amistad, una amistad entre mujeres, tenga cierto eco a la fraternidad que existe entre los personajes de un cineasta tan masculino en sus películas como fue Sam Peckinpah. En Habanera hay apoyo y solidaridad, solo que ese apoyo y solidaridad tiene un precio. Y ese precio resulta al final extremadamente amargo.

Como pasa en otras novelas que he leído hasta la fecha de Emilio González Déniz, Emilio González Déniz es un escritor que tiene estilo, un sello autoral que hace que sus libros sean de Emilio González Déniz. Es como una marca de agua, se traten de las historias que se traten. Cuenta además con una serie de constantes y una cualidad para pintar el retrato de la burguesía de la capital grancanaria con tintes naturalistas muy críticos. No hay que perder de vista el trabajo del que quizá sea el más escritor de nuestros escritores. El fabulador que moldea la realidad a su antojo para contar historias, la mayoría de ellas desarrolladas en un mismo espacio geográfico, en una capital de provincias, Las Palmas de Gran Canaria, que opta a convertirse en capital europea de la cultura aunque el año pasado no celebrara su Feria del Libro. Pero estos son los modos, las formas de hacer de una isla, de un archipiélago, que se encuentra como varado a este lado siempre inestable del Atlántico.

Saludos, cut, cut, cut, desde este lado del ordenador

El canario ‘animoso’ de Baler

Agosto 11th, 2026

El entonces 2º teniente Saturnino Martín Cerezo (sería nombrado más tarde general de brigada) recuerda en sus memorias al soldado José María Hernández Arocha (Taco, 1876-1957) como “el canario animoso”. Lo de canario porque José Hernández era de las islas, nacido en Tenerife. Y animoso porque cantaba para levantar el ánimo de sus compañeros en la pequeña iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, en Baler (Filipinas). Estamos a finales del siglo XIX, y España echándole mucho coraje, sí, sacrifica a lo mejor de una generación en una guerra que tiene el fin de aguantar las escasas posesiones que le quedan en los largos y desesperados años del estertor de su imperio.

Cuenta Cerezo en estas memorias que José Hernández les cantaba, y entre esas canciones estoy prácticamente seguro que se coló una folía, una isa o una malagueña cuando el caos de la batalla parecía apagarse para dar tregua al silencio.

La historia de este soldado y el papel que tuvo en la defensa de la iglesia en la que se fortificaron las tropas españolas y en la que ondeó su bandera hasta el 3 de junio de 1899, casi un año después de que las Filipinas dejaran de ser posesiones españolas, es la historia de una resistencia. Los españoles tuvieron que soportar 337 días de asedio y veintidós muertos (entre soldados, sanitarios y religiosos) hasta que Cerezo aceptó que aquella lejana colonia asiática, la tierra de donde decían que procedían los mantones de Manila, ya no pertenecía a España y que todo esfuerzo por combatir era inútil. Detrás dejaba un reguero de cadáveres, largas noches sin dormir y hambre. Mucha hambre.

El retrato del combatiente tinerfeño que estuvo allí, uno de los 35 supervivientes españoles de Baler, ha terminado por convertirse en un libro gracias al empeño de una de las nietas de José Hernández Arocha, María Candelaria Hernández Arrocha y del investigador Miguel Ángel Noriega Agüero.

“Mi padre siempre estaba con la cantinela y contaba miles de anécdotas del abuelo. La que más repetía era la de unas mujeres desnudas filipinas que les cantaban a los soldados españoles para que abandonaran su puesto en la iglesia” pero también el hambre que pasaron: “comían lo que encontraban”. Este y otros recuerdos calaron muy hondo en su nieta. Tanto, que no ha descansado desde entonces en dar a conocer que el héroe de su padre, su abuelo, fue de verdad un héroe. Uno de los Últimos de Filipinas.
 
Candelaria conserva en fotocopia una imagen de su abuelo cuyo original por desgracia se perdió. En la imagen se observa a José Hernández Arocha con sus hijos. Esa fotografía la llevaba siempre encima su padre, al que le encantaba contar historias de su progenitor, el abuelo de Candelaria, como aquella del helicóptero que recibió el nombre del héroe tinerfeño de Baler, aunque los que lo escuchaban no terminaran de creérselo.

Para rendir tributo a su memoria Taco cuenta con una plaza que desde hace unos años lleva su nombre pero no hay ningún aviso que a titulo informativo explique por qué se llama así, lamentan Candelaria y Miguel. Candelaria, la hija mayor, explica además que una de las razones que la animó a respaldar esta publicación fue motivada por la necesidad de corregir errores que circulaban en torno a su abuelo José, al que no conoció en vida salvo a través de los relatos teñidos de mucha emoción que le narraba su padre. Sí que conoció a su abuela, que recordaba a su esposo, uno de los héroes de Baler, como una persona “con mucho genio”. La abuela de Candelaria, Elena, fue la segunda esposa de José Hernández Arocha ya que la primera, Juana, falleció. “Mi abuela era mucho más joven que él. Veinte años más joven”, explica. En cuanto a la relación que mantuvo con los hijos de su anterior pareja, que casi tenían la edad de su abuela, la recuerda muy buena porque ambas familias se querían. Su abuela crió prácticamente a los hijos de la primera mujer de José Hernández Arocha. “Eran casi hermanos”, explica aunque el paso del tiempo ha roto el contacto que una vez tuvieron.

María Candelaria Hernández solo conserva de recuerdo de su abuelo la cuchara que “se trajo de Filipinas” y que se expuso en el Museo Militar de Almeyda, pero poco más. Por desgracia, muchos de los objetos de José Hernández Arocha, uniforme, medallas, entre otros, desaparecieron con el curso de los años. Por eso esa cuchara alcanza hoy un valor sentimental importante ya que se trata con la de otro compañero de armas, de las dos única que se conservan de aquellos días, aunque la del compañero procede del almuerzo homenaje que recibieron en el Casino Español de Manila los supervivientes del asedio y la de José Hernández con la que se alimentó en Baler los meses que permaneció en aquella iglesia en la que seguramente volvió a nacer muchas veces durante el fragor de la batalla. La cuchara se conservó porque formó parte de la cubertería que sirvió para alimentar a varias generaciones de la familia Hernández.

José Hernández Arocha. Vida de un tinerfeño entre los Últimos de Filipinas (Ediciones Idea, 2026) nació a raíz de la publicación de un artículo que Miguel Ángel Noriega Agüero subió a su página web (asotavento.es). A este artículo llegó María Candelaria mientras buscaba información sobre su abuelo. De esto hace ya diez años, recuerdan los dos.

“Mi padre murió el 2 de febrero de 2016 y lo tengo aquí grabado”, dice María Candelaria mientras se señala el corazón”. Miguel Ángel Noriega se puso en contacto con ella a finales de ese mismo mes aunque no fue hasta abril de ese año “cuando nos vimos por primera vez”. La necesidad de contar la vida de su abuelo y el atractivo de conocer de cerca a un familiar de uno de los héroes de Filipinas hizo el resto, aunque el proceso de maduración, de consolidación de una amistad que se aprecia en el trato que se dispensan los dos, se coció a fuego lento . “Andaba buscando cosas de mi abuelo así que trasteando por internet fue cuando tropecé con el artículo de Miguel Ángel”.

“Quería que se supiera quién fue mi abuelo, dónde nació y murió. Los hijos que tuvo. Y que se le reconociera en Tenerife”, explica María Candelaria Hernández Arrocha. Cumplir con la ilusión que marcó en parte la vida de su padre, que no fue otra que la de dar a conocer quién fue su abuelo, el héroe de Filipinas que puso su vida al servicio de España. “A mí me parece una historia bonita. Y me sumé sin ser de la familia a un proyecto en el que intervino también la nieta de María Candelaria, Yesenia, que estuvo siempre ahí para recoger el testigo cuando parecía que íbamos a tirar la toalla”, recuerda Miguel.

El resultado final de esta extraordinaria aventura es un libro que despierta el interés del lector nada más abrir la primera página. La obra está dividida en cinco partes, en la primera de ellas, La España de ultramar en el Pacífico, se pone en contexto al lector en torno a las colonias españolas en el lejano oriente; la segunda centra la atención en El sitio de Baler y la tercera, José Hernández Arocha: vida de un tinerfeño heroico, desentierra lo poco que se conoce de su juventud, su llegada, asentamiento en Filipinas, el sitio y, finalmente, el regreso a Tenerife. Las dos últimas partes estudian la segunda mitad de su vida y el legado que dejó.

José Hernández marchó a Filipinas como recluta y volvió a su país convertido en uno de los hombres del Batallón de Cazadores Expedicionario nº2, bajo el mando del capitán Enrique de las Morenas y de los tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo. Una vez allí, el destino quiso que marchara a Baler, en la isla de Luzón, la mayor del archipiélago y en plena revuelta de los tagalos, lo que forzó a su destacamento a buscar refugio en el interior de la iglesia. Entre las acciones que realizó sobre el terreno fue la de construir un pozo al encontrar agua y salir al exterior cuando no habían moros en la costa con el fin de buscar alimentos. Salían por un pequeño huerto, un recinto amurallado anexo al edificio donde se encontraban refugiados y espacio que sirvió también de cementerio, ya que fue allí donde enterraban los cuerpos de los caídos por la batalla o las enfermedades, como el beriberi.

En cuanto al pozo, el mismo José Hernández Arocha explicó en una entrevista que publicó un periódico tinerfeño que al ser agricultor no fue un trabajo difícil. Bastó con medir el terreno para hacerlo posible. A él se le debe también la creación del horno que utilizaron durante el asedio y en el que horneaban pan con la poco harina que quedaba. Harina, por otra parte, que estaba “llena de bichos”, aunque los asediados acabaron por alimentarse de lo que buenamente llegaba a sus estómagos. Hoy un perro, mañana un puñado de reptiles y pasado un pan lleno de gorgojos pero que les sabía a gloria… Lo que hace el hambre. José Hernández Arocha comparaba el sabor de la carne de un perro sarnoso que devoraron dentro de la iglesia “al del jamón serrano”. Las cosas del hambre. Y hambre pasaron mucha los que aún resistían detrás de los muros del pequeño templo católico de Baler.

El teniente segundo Saturnino Martín Cerezo recuerda en sus memorias, memorias que prologó Azorín, a aquel inventivo soldado tinerfeño con afectuoso respeto. “El canario animoso”, lo llama. Animoso porque para animar a la tropa les cantaba folias. La idea era que la moral se mantuviera alta pese a las circunstancias aunque la obstinación de Martín Cerezo fue responsable que tardasen tanto en abandonar aquel refugio por mucho que los rebeldes les dijeran que las Filipinas ya no eran colonias de España, afirmación que Martín Cerezo no quiso creer hasta que finalmente se dio cuenta de la verdad.

La disciplina que impuso Cerezo durante el sitio y tras la muerte por beriberi del teniente Juan Alonso Zayas fue extremadamente férrea pero aún con esas, cuesta entender ese espíritu de resistencia que llevaron a los soldados españoles a defender con uñas y dientes la posición casi un año. La conclusión para los autores del libro es que todos ellos era hombres “muy leales”, leales y disciplinados, lo que reforzó el compañerismo entre unos y otros.

Una vez que los últimos de Filipinas regresaron a España, algunos mantuvieron el contacto aunque el paso del tiempo terminó por disolver estos lazos. Sí que quedó algo entre nuestro protagonista y Antonio Bauza Fullana, mallorquí, que vivió un tiempo en Tenerife después de todo aquello.

No es difícil imaginarse la ventolera de pensamientos que pasaron por la cabeza de José Hernández Arocha cuando al final logró regresar a Tenerife y el esfuerzo que tuvo que asumir para vivir con aquella experiencia que marcó a los 35 hombres que sobrevivieron al asedio. También cómo recompensó España a todos aquellos valientes ya que la mayoría terminaron su vida como bedeles o, como en el caso de Hernández Arocha, cuidando de los jardines de la plaza de Weyler en Santa Cruz de Tenerife se supone que en gratitud por los servicios prestados a la patria.

“Me pongo en su lugar cada vez que paso por Weyler. Me imagino a mi abuelo cuidando el jardín y viendo cómo entraban y salían todos los oficiales de Capitanía General y decirse a sí mismo: coño, si yo soy un héroe de guerra”, dice María Candelaria Hernández, muy satisfecha con un libro que por fin hace justicia. Justicia modesta pero justicia, a la figura del héroe de su padre y desde entonces de toda una familia y de una isla, Tenerife.

LOS OTROS CANARIOS DE BALER

Entre los soldados, sanitarios y religiosos españoles del sitio de Baler, en Filipinas, se encontraban cuatro canarios aunque solo dos regresaron con vida de aquellos infernales 337 días de asedio. Uno de ellos fue el tinerfeño José Hernández Arocha y el otro el majorero Eustaquio Gopar Hernández, que tras su regreso a Fuerteventura terminó siendo alcalde y juez de paz de Tuineje, su localidad natal. Gopar tuvo además el primer automóvil que llegó a la isla majorera. En 1946, y siendo capitán general Francisco García-Escámez e Iniesta, ordenó tenientes honorarios a los dos héroes canarios de Filipinas. En cuanto a los dos canarios que encontraron la muerte en aquella tierra se encontraba el también majorero Rafael Alonso Mederos, natural de Villaverde, La Oliva, y el grancanario Manuel Navarro León, de Mogán. El mallorquí Antonio Bauza es considerado por algunos como “el quinto canario” de aquel grupo. Se sabe que regresó a su tierra al finalizar el sitio pero que se vino a Tenerife tiempo después, donde se veía con José Hernández Arocha y tierra en la que encontró a la que sería su mujer. Pasados unos años, regresó a Mallorca. Por fortuna, se conserva la carta que le escribió a su compañero tinerfeño varios años después de haber vivido juntos aquel infierno.

UNA PEQUEÑA PLAZA DE TACO

José Hernández Arocha cuenta en la actualidad con una plaza que lleva su nombre en Taco aunque no se celebró ningún acto oficial el día de la inauguración. Una placa debería de explicar la razón de por qué lleva el nombre de José Hernández Arocha, iniciativa que no es del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna sino de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio, de la que es miembro Miguel Ángel Noriega Agüero, que explica que se le propuso al Consistorio la instalación de un recordatorio realizado en cerámica y que pese a que la plaza ya cuenta con un pedestal, la placa sigue sin aparecer y no hay señales del Ayuntamiento para que se instale. A la espera de fecha, Miguel Ángel no pierde la esperanza y piensa en un acto inaugural en el que estarían invitados el cónsul de Filipinas y el Jefe del Mando de Canarias. La petición se hizo en abril pero la respuesta municipal sigue siendo el silencio.

FOTOS

1.- Esta es una de las pocas imágenes que se conservan de José Hernández Arocha, natural de Tenerife y superviviente del sitio de Baler. En la fotografía aparece cuando en 1946 y siendo capital general de Canarias Francisco García Escámez, se ordenó a los dos héroes canarios de Filipinas (el otro fue el majorero Eustaquio Gopar Hernández) Tenientes Honorarios. Hubo dos canarios más en la iglesia pero fallecieron en el asedio.

2.- En esta fotografía de los Últimos de Filipinas los marcados con los números 21 y 22 son Antonio Bauza Fullana, el mallorquí que tras el sitio vivió algunos años en Tenerife y el tinerfeño José Hernández Arocha.

3.- El sitio de Baler (1 de julio de 1898-2 de junio de 1899) fue un asedio que sufrió un destacamento español por parte de los filipinos insurrectos en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón, durante 337 días.

4.- Los autores de José Hernández Arocha. Vida de un tinerfeño entre los Últimos de Filipinas son María Candelaria Hernández Arrocha y Miguel Ángel Noriega Agüero. Miguel Ángel es miembro de la Tertulia Amigos del 25 de julio y licenciado en Geografía y María Candelaria es Auxiliar de Geriatría y desde hace unos años está investigando la historia de su familia.

Saludos, Noli me tangare, desde este lado del ordenador

Ambrose Bierce, periodista, escritor e investigador

Agosto 10th, 2026

No termina en España por reconocerse la estatura que tuvo como escritor Oakley Hall. Es probable que este desconocimiento sea fruto más del prejuicio que por su incuestionable calidad literaria, ya que gran parte de su éxito lo alcanzó por una serie de novelas ambientadas en el lejano oeste norteamericano que por fortuna hace unos años fueron traducidas al español y publicadas con el mimo que se merecían por Galaxia Gutenberg. Estas tres novelas (novelones más bien por su abultado número de páginas) fueron Warlock, que cuenta con una interesante pero irregular versión cinematográfica titulada El hombre de las pistolas de oro (Edward Dmytryk, 1961) protagonizada por Henry Fonda, Richard Widmark y Anthony Quinn, así como Bad Lands y Apaches, en la que Oakley construye universos muy realistas pero también personales de un tiempo que forma parte del pasado mítico y también legendario de los Estados Unidos.

El caso es que Oakley Hall combinó su escritura con la de dar clases de creación literaria. Y no lo tuvo que hacer nada mal cuando de entre sus alumnos aparecieron destacados narradores como Richard Ford, Michael Chabon y Amy Tan, convirtiéndose pronto en un referente y con algunos de sus títulos en un autor de culto. Warlock de hecho se hizo con una legión de lectores leales que la defiende a capa y espada desde el día de su publicación. Defensores entres los que se encuentra el mismísimo y críptico Thomas Pynchon, que la considera una de sus obras de cabecera.

Ambrose Bierce y la reina de picas pertenece a lo que podríamos denominar como divertimentos literarios, novelas que poco o nada tienen que ver con las mencionadas anteriormente del mismo escritor. Se trata de una serie –creo si no me equivoco que Oakley Hall llegó a escribir cuatro títulos más– de las que solo una, la que mencionamos, ha sido traducida al español, que me hace exigir desde esta modesta atalaya que algún editor con vocación de riesgo se atreva a editarlas para que los que seguimos a Hall podamos disfrutar al completo de una saga que si bien no tiene mucho que ver con el mundo que refleja en sus historias del oeste (su literatura es algo así como convertir en palabras la luz y las sombras de las pinturas de Frederic Remington) tienen ese sello autoral que sí supo imprimirle a todas sus historias. En este caso, además, tomando como protagonistas a uno de los más grandes escritores estadounidense de finales del siglo XIX e inicios del XX, Ambrose Bierce, ese gringo viejo según Carlos Fuentes que fue un personaje que además de concebir historias con marcado acento macabro como es Un habitante de Carcosa y Aceite de perro, se movió también con envidiable comodidad por otros géneros como fue el bélico, relatos en los que contaba medio camuflado por la ficción, lo que vio y vivió durante la Guerra Civil, en la que sirvió en el ejército de la Unión.

Ambrose Bierce fue sin embargo antes de escritor un periodista. Y un periodista cuya pluma despertaba miedos y rencores. Sus ataques más furibundos, según lo retrata Hall en esta primera entrega, fue el ferrocarril, pero también cargó las tintas contra otros poderosos que hicieron fortuna no por su talento para estimular capital sino por su capacidad de corromper a los de arriba como a los de abajo. Bierce trabajaba en San Francisco, y pronto se convirtió en un azote para todos aquellos que querían o ya habían metido la mano en los fondos públicos, así como de aspirantes a literatos que le enviaban sus originales para recibir alguna crítica del maestro, que siempre escribió lo que le dictaba su cabeza y no el corazón. Es decir, que había que tener mucho valor para querer el escrutinio de un sujeto que no tuvo pelos en la lengua, y que antes de desaparecer en México, en aquel México inflamado por la revolución, recorrió los campos de batalla donde combatió durante la llamada Guerra de Secesión.

El personaje de Bierce está muy bien descrito en la novela aunque en justicia no es el protagonista absoluto de la historia sino un joven periodista, Tom Redmond, que entra a trabajar a su servicio. Será a través de sus ojos, de la peculiar mirada de esta especie de doctor Watson, el retrato que como lectores nos haremos del escritor y periodista. Retrato que representa el carácter arisco e incómodo que tuvo y su manera de contar las cosas, hoy políticamente incorrecta, woke, de la realidad de sus días. En la novela, Bierce y Redmond investigan una serie de asesinatos de mujeres que aparecen destripadas en los callejones oscuros de San Francisco (más tarde nos enteraremos que unos pocos años después se cometen asesinatos idénticos en el Londres victoriano, asesino al que la prensa británica llama Jack, el destripador) mientras Oakley Hall aprovecha para poner en contexto a los personajes, describir el febril mundo de la prensa de aquellos años (Bierce terminó trabajando como columnista para los diarios de William Randolph Herst) y profundizar en las extrañas relaciones de amistad que se producían en una ciudad que necesitaba de periodistas y críticos, pero también de escritores satíricos al modo de Mark Twain para que vocearan grandes verdades bajo el disfraz del humor. Y Ambrose Bierce fue un maestro de la sátira, sátira de su tiempo. Sus dardos envenenados de justicia iban contra los multimillonarios dueños del ferrocarril, así como de los políticos que solo pensaban en llenarse los bolsillos a consta de los contribuyentes, a quienes seducían con engañosas palabras de afecto… Nada nuevo, ya que está maldita costumbre se extiende hasta nuestros días con escenarios y herramientas diferentes aunque la intención sea la misma: poder, robar y vivir una agradable jubilación rodeado de lujos a costa del pueblo para el que supuestamente trabajaban.

Cada capítulo de la novela se abre con una cita de una de las obras mayores de Bierce: Diccionario del diablo, que reúne una serie de ácidas e irónicas descripciones de las cosas. Comenzando por Homicidio: “Muerte de un ser humano por otro ser humano. Hay cuatro clases de homicidio: alevoso, el excusable, el justificable y el encomiable, aunque al muerto no le importa mucho estar incluido en una o en otra; la distinción es para uso de abogados”.

Es una pena que en España solo se haya publicado la primera novela de la serie. Provoca adicción pero es lo que cuando se lee a Oakley Hall y por supuesto a Ambrose Bierce.

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Pedro García Cabrera, en cómic

Agosto 7th, 2026

La Cátedra Pedro García Cabrera prepara una novela gráfica sobre la vida y la obra del poeta gomero Pedro García Cabrera. El tebeo/colorín/mono se titula A voz en cuello, y es resultado de un guion que firma el guionista Francisco de Zárate y el dibujante argentino Fer Calvi. La historieta se publicará, bajo el auspicio de la Cátedra, en colaboración con la Fundación CajaCanarias, la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias y la Fundación Cine+Cómic.

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