
El entonces 2º teniente Saturnino Martín Cerezo (sería nombrado más tarde general de brigada) recuerda en sus memorias al soldado José María Hernández Arocha (Taco, 1876-1957) como “el canario animoso”. Lo de canario porque José Hernández era de las islas, nacido en Tenerife. Y animoso porque cantaba para levantar el ánimo de sus compañeros en la pequeña iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, en Baler (Filipinas). Estamos a finales del siglo XIX, y España echándole mucho coraje, sí, sacrifica a lo mejor de una generación en una guerra que tiene el fin de aguantar las escasas posesiones que le quedan en los largos y desesperados años del estertor de su imperio.
Cuenta Cerezo en estas memorias que José Hernández les cantaba, y entre esas canciones estoy prácticamente seguro que se coló una folía, una isa o una malagueña cuando el caos de la batalla parecía apagarse para dar tregua al silencio.
La historia de este soldado y el papel que tuvo en la defensa de la iglesia en la que se fortificaron las tropas españolas y en la que ondeó su bandera hasta el 3 de junio de 1899, casi un año después de que las Filipinas dejaran de ser posesiones españolas, es la historia de una resistencia. Los españoles tuvieron que soportar 337 días de asedio y veintidós muertos (entre soldados, sanitarios y religiosos) hasta que Cerezo aceptó que aquella lejana colonia asiática, la tierra de donde decían que procedían los mantones de Manila, ya no pertenecía a España y que todo esfuerzo por combatir era inútil. Detrás dejaba un reguero de cadáveres, largas noches sin dormir y hambre. Mucha hambre.
El retrato del combatiente tinerfeño que estuvo allí, uno de los 35 supervivientes españoles de Baler, ha terminado por convertirse en un libro gracias al empeño de una de las nietas de José Hernández Arocha, María Candelaria Hernández Arrocha y del investigador Miguel Ángel Noriega Agüero.
“Mi padre siempre estaba con la cantinela y contaba miles de anécdotas del abuelo. La que más repetía era la de unas mujeres desnudas filipinas que les cantaban a los soldados españoles para que abandonaran su puesto en la iglesia” pero también el hambre que pasaron: “comían lo que encontraban”. Este y otros recuerdos calaron muy hondo en su nieta. Tanto, que no ha descansado desde entonces en dar a conocer que el héroe de su padre, su abuelo, fue de verdad un héroe. Uno de los Últimos de Filipinas.
Candelaria conserva en fotocopia una imagen de su abuelo cuyo original por desgracia se perdió. En la imagen se observa a José Hernández Arocha con sus hijos. Esa fotografía la llevaba siempre encima su padre, al que le encantaba contar historias de su progenitor, el abuelo de Candelaria, como aquella del helicóptero que recibió el nombre del héroe tinerfeño de Baler, aunque los que lo escuchaban no terminaran de creérselo.
Para rendir tributo a su memoria Taco cuenta con una plaza que desde hace unos años lleva su nombre pero no hay ningún aviso que a titulo informativo explique por qué se llama así, lamentan Candelaria y Miguel. Candelaria, la hija mayor, explica además que una de las razones que la animó a respaldar esta publicación fue motivada por la necesidad de corregir errores que circulaban en torno a su abuelo José, al que no conoció en vida salvo a través de los relatos teñidos de mucha emoción que le narraba su padre. Sí que conoció a su abuela, que recordaba a su esposo, uno de los héroes de Baler, como una persona “con mucho genio”. La abuela de Candelaria, Elena, fue la segunda esposa de José Hernández Arocha ya que la primera, Juana, falleció. “Mi abuela era mucho más joven que él. Veinte años más joven”, explica. En cuanto a la relación que mantuvo con los hijos de su anterior pareja, que casi tenían la edad de su abuela, la recuerda muy buena porque ambas familias se querían. Su abuela crió prácticamente a los hijos de la primera mujer de José Hernández Arocha. “Eran casi hermanos”, explica aunque el paso del tiempo ha roto el contacto que una vez tuvieron.
María Candelaria Hernández solo conserva de recuerdo de su abuelo la cuchara que “se trajo de Filipinas” y que se expuso en el Museo Militar de Almeyda, pero poco más. Por desgracia, muchos de los objetos de José Hernández Arocha, uniforme, medallas, entre otros, desaparecieron con el curso de los años. Por eso esa cuchara alcanza hoy un valor sentimental importante ya que se trata con la de otro compañero de armas, de las dos única que se conservan de aquellos días, aunque la del compañero procede del almuerzo homenaje que recibieron en el Casino Español de Manila los supervivientes del asedio y la de José Hernández con la que se alimentó en Baler los meses que permaneció en aquella iglesia en la que seguramente volvió a nacer muchas veces durante el fragor de la batalla. La cuchara se conservó porque formó parte de la cubertería que sirvió para alimentar a varias generaciones de la familia Hernández.
José Hernández Arocha. Vida de un tinerfeño entre los Últimos de Filipinas (Ediciones Idea, 2026) nació a raíz de la publicación de un artículo que Miguel Ángel Noriega Agüero subió a su página web (asotavento.es). A este artículo llegó María Candelaria mientras buscaba información sobre su abuelo. De esto hace ya diez años, recuerdan los dos.
“Mi padre murió el 2 de febrero de 2016 y lo tengo aquí grabado”, dice María Candelaria mientras se señala el corazón”. Miguel Ángel Noriega se puso en contacto con ella a finales de ese mismo mes aunque no fue hasta abril de ese año “cuando nos vimos por primera vez”. La necesidad de contar la vida de su abuelo y el atractivo de conocer de cerca a un familiar de uno de los héroes de Filipinas hizo el resto, aunque el proceso de maduración, de consolidación de una amistad que se aprecia en el trato que se dispensan los dos, se coció a fuego lento . “Andaba buscando cosas de mi abuelo así que trasteando por internet fue cuando tropecé con el artículo de Miguel Ángel”.
“Quería que se supiera quién fue mi abuelo, dónde nació y murió. Los hijos que tuvo. Y que se le reconociera en Tenerife”, explica María Candelaria Hernández Arrocha. Cumplir con la ilusión que marcó en parte la vida de su padre, que no fue otra que la de dar a conocer quién fue su abuelo, el héroe de Filipinas que puso su vida al servicio de España. “A mí me parece una historia bonita. Y me sumé sin ser de la familia a un proyecto en el que intervino también la nieta de María Candelaria, Yesenia, que estuvo siempre ahí para recoger el testigo cuando parecía que íbamos a tirar la toalla”, recuerda Miguel.

El resultado final de esta extraordinaria aventura es un libro que despierta el interés del lector nada más abrir la primera página. La obra está dividida en cinco partes, en la primera de ellas, La España de ultramar en el Pacífico, se pone en contexto al lector en torno a las colonias españolas en el lejano oriente; la segunda centra la atención en El sitio de Baler y la tercera, José Hernández Arocha: vida de un tinerfeño heroico, desentierra lo poco que se conoce de su juventud, su llegada, asentamiento en Filipinas, el sitio y, finalmente, el regreso a Tenerife. Las dos últimas partes estudian la segunda mitad de su vida y el legado que dejó.
José Hernández marchó a Filipinas como recluta y volvió a su país convertido en uno de los hombres del Batallón de Cazadores Expedicionario nº2, bajo el mando del capitán Enrique de las Morenas y de los tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo. Una vez allí, el destino quiso que marchara a Baler, en la isla de Luzón, la mayor del archipiélago y en plena revuelta de los tagalos, lo que forzó a su destacamento a buscar refugio en el interior de la iglesia. Entre las acciones que realizó sobre el terreno fue la de construir un pozo al encontrar agua y salir al exterior cuando no habían moros en la costa con el fin de buscar alimentos. Salían por un pequeño huerto, un recinto amurallado anexo al edificio donde se encontraban refugiados y espacio que sirvió también de cementerio, ya que fue allí donde enterraban los cuerpos de los caídos por la batalla o las enfermedades, como el beriberi.
En cuanto al pozo, el mismo José Hernández Arocha explicó en una entrevista que publicó un periódico tinerfeño que al ser agricultor no fue un trabajo difícil. Bastó con medir el terreno para hacerlo posible. A él se le debe también la creación del horno que utilizaron durante el asedio y en el que horneaban pan con la poco harina que quedaba. Harina, por otra parte, que estaba “llena de bichos”, aunque los asediados acabaron por alimentarse de lo que buenamente llegaba a sus estómagos. Hoy un perro, mañana un puñado de reptiles y pasado un pan lleno de gorgojos pero que les sabía a gloria… Lo que hace el hambre. José Hernández Arocha comparaba el sabor de la carne de un perro sarnoso que devoraron dentro de la iglesia “al del jamón serrano”. Las cosas del hambre. Y hambre pasaron mucha los que aún resistían detrás de los muros del pequeño templo católico de Baler.

El teniente segundo Saturnino Martín Cerezo recuerda en sus memorias, memorias que prologó Azorín, a aquel inventivo soldado tinerfeño con afectuoso respeto. “El canario animoso”, lo llama. Animoso porque para animar a la tropa les cantaba folias. La idea era que la moral se mantuviera alta pese a las circunstancias aunque la obstinación de Martín Cerezo fue responsable que tardasen tanto en abandonar aquel refugio por mucho que los rebeldes les dijeran que las Filipinas ya no eran colonias de España, afirmación que Martín Cerezo no quiso creer hasta que finalmente se dio cuenta de la verdad.
La disciplina que impuso Cerezo durante el sitio y tras la muerte por beriberi del teniente Juan Alonso Zayas fue extremadamente férrea pero aún con esas, cuesta entender ese espíritu de resistencia que llevaron a los soldados españoles a defender con uñas y dientes la posición casi un año. La conclusión para los autores del libro es que todos ellos era hombres “muy leales”, leales y disciplinados, lo que reforzó el compañerismo entre unos y otros.
Una vez que los últimos de Filipinas regresaron a España, algunos mantuvieron el contacto aunque el paso del tiempo terminó por disolver estos lazos. Sí que quedó algo entre nuestro protagonista y Antonio Bauza Fullana, mallorquí, que vivió un tiempo en Tenerife después de todo aquello.
No es difícil imaginarse la ventolera de pensamientos que pasaron por la cabeza de José Hernández Arocha cuando al final logró regresar a Tenerife y el esfuerzo que tuvo que asumir para vivir con aquella experiencia que marcó a los 35 hombres que sobrevivieron al asedio. También cómo recompensó España a todos aquellos valientes ya que la mayoría terminaron su vida como bedeles o, como en el caso de Hernández Arocha, cuidando de los jardines de la plaza de Weyler en Santa Cruz de Tenerife se supone que en gratitud por los servicios prestados a la patria.
“Me pongo en su lugar cada vez que paso por Weyler. Me imagino a mi abuelo cuidando el jardín y viendo cómo entraban y salían todos los oficiales de Capitanía General y decirse a sí mismo: coño, si yo soy un héroe de guerra”, dice María Candelaria Hernández, muy satisfecha con un libro que por fin hace justicia. Justicia modesta pero justicia, a la figura del héroe de su padre y desde entonces de toda una familia y de una isla, Tenerife.

LOS OTROS CANARIOS DE BALER
Entre los soldados, sanitarios y religiosos españoles del sitio de Baler, en Filipinas, se encontraban cuatro canarios aunque solo dos regresaron con vida de aquellos infernales 337 días de asedio. Uno de ellos fue el tinerfeño José Hernández Arocha y el otro el majorero Eustaquio Gopar Hernández, que tras su regreso a Fuerteventura terminó siendo alcalde y juez de paz de Tuineje, su localidad natal. Gopar tuvo además el primer automóvil que llegó a la isla majorera. En 1946, y siendo capitán general Francisco García-Escámez e Iniesta, ordenó tenientes honorarios a los dos héroes canarios de Filipinas. En cuanto a los dos canarios que encontraron la muerte en aquella tierra se encontraba el también majorero Rafael Alonso Mederos, natural de Villaverde, La Oliva, y el grancanario Manuel Navarro León, de Mogán. El mallorquí Antonio Bauza es considerado por algunos como “el quinto canario” de aquel grupo. Se sabe que regresó a su tierra al finalizar el sitio pero que se vino a Tenerife tiempo después, donde se veía con José Hernández Arocha y tierra en la que encontró a la que sería su mujer. Pasados unos años, regresó a Mallorca. Por fortuna, se conserva la carta que le escribió a su compañero tinerfeño varios años después de haber vivido juntos aquel infierno.
UNA PEQUEÑA PLAZA DE TACO
José Hernández Arocha cuenta en la actualidad con una plaza que lleva su nombre en Taco aunque no se celebró ningún acto oficial el día de la inauguración. Una placa debería de explicar la razón de por qué lleva el nombre de José Hernández Arocha, iniciativa que no es del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna sino de la Tertulia de Amigos del 25 de Julio, de la que es miembro Miguel Ángel Noriega Agüero, que explica que se le propuso al Consistorio la instalación de un recordatorio realizado en cerámica y que pese a que la plaza ya cuenta con un pedestal, la placa sigue sin aparecer y no hay señales del Ayuntamiento para que se instale. A la espera de fecha, Miguel Ángel no pierde la esperanza y piensa en un acto inaugural en el que estarían invitados el cónsul de Filipinas y el Jefe del Mando de Canarias. La petición se hizo en abril pero la respuesta municipal sigue siendo el silencio.
FOTOS
1.- Esta es una de las pocas imágenes que se conservan de José Hernández Arocha, natural de Tenerife y superviviente del sitio de Baler. En la fotografía aparece cuando en 1946 y siendo capital general de Canarias Francisco García Escámez, se ordenó a los dos héroes canarios de Filipinas (el otro fue el majorero Eustaquio Gopar Hernández) Tenientes Honorarios. Hubo dos canarios más en la iglesia pero fallecieron en el asedio.
2.- En esta fotografía de los Últimos de Filipinas los marcados con los números 21 y 22 son Antonio Bauza Fullana, el mallorquí que tras el sitio vivió algunos años en Tenerife y el tinerfeño José Hernández Arocha.
3.- El sitio de Baler (1 de julio de 1898-2 de junio de 1899) fue un asedio que sufrió un destacamento español por parte de los filipinos insurrectos en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón, durante 337 días.
4.- Los autores de José Hernández Arocha. Vida de un tinerfeño entre los Últimos de Filipinas son María Candelaria Hernández Arrocha y Miguel Ángel Noriega Agüero. Miguel Ángel es miembro de la Tertulia Amigos del 25 de julio y licenciado en Geografía y María Candelaria es Auxiliar de Geriatría y desde hace unos años está investigando la historia de su familia.
Saludos, Noli me tangare, desde este lado del ordenador